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Si están, ¿dónde están?

Era 1950, la gran guerra había terminado casi cinco años atrás y el fenómeno OVNI iniciaba su popular avance principalmente en las comunidades rurales del sur de Estados Unidos. Cierto día, Enrico Fermi y algunos de sus colegas científicos en el Laboratorio Nacional Los Alamos en Nuevo México caminaban rumbo a la cafetería, a la hora de comer, mientras discutían las recientes noticias sobre avistamientos de luces extrañas en los pueblos vecinos.  Al calor de la discusión y mientras planteaban la posibilidad de que esos supuestos seres realizaran viajes interestelares, Fermi lanzó con toda seriedad la famosa pregunta, “¿dónde están?”; obviamente se refería a los posibles visitantes de las estrellas.


Fermi –Premio Nobel de Física en 1938 y uno de los “padres de la bomba atómica”– era famoso por su habilidad para atacar problemas científicos complejos mediante operaciones sencillas y estimaciones simples. Su método era un muy buen primer paso para resolver el problema, hacia uso de sus conocimientos generales sobre el asunto y tenía una gran intuición para encaminarse por senderos nuevos pero físicamente explorables. Después de algunas multiplicaciones y divisiones, tomando en cuenta el número aproximado de estrellas en la galaxia, la fracción de estas que podrían albergar planetas con vida, el tiempo que le llevaría a una sociedad alcanzar un elevado nivel tecnológico y algunos datos por el estilo, Fermi llegó a la conclusión de que la humanidad debió haber sido visitada muchas veces ya, por otra civilización inteligente. Dada la edad de la galaxia, la del Sol y el lapso de tiempo en que surgió la vida en la Tierra, el contacto debió ocurrir varias veces a lo largo de la historia del hombre. Sin embargo, no hay evidencia científica comprobada que respalde tal resultado. “Si están, ¿dónde están?”, esta es la famosa paradoja de Fermi.

Varios años después Frank Drake, Carl Sagan y otros astrofísicos formalizaron una ecuación que involucraba de manera más correcta las variables necesarias para estimar el número de civilizaciones que podría haber en nuestra galaxia. La anécdota de Fermi, era en sí una versión previa de lo que hoy conocemos popularmente como la ecuación de Drake, que involucra las mismas variables que el cálculo de servilleta de Fermi, pero añade un término más: el lapso de tiempo que una civilización inteligente logra sobrevivir –incluso a sí misma–. El resultado final es totalmente incierto pues desconocemos factores como el número de planetas con posibilidad de albergar vida, la fracción de esta que llega a desarrollar inteligencia, la fracción de vida inteligente que le interesaría explorar el cosmos, etcétera. Sin embargo, usando las propuestas de optimistas y pesimistas, la conclusión es impresionante y desconcertante a la vez: en teoría deberían existir o haber existido desde unas miles, hasta millones de civilizaciones, cada una con posibilidades de desarrollar tecnología adecuada para la exploración galáctica.

Supongamos por un momento que existen algunas de esas civilizaciones en nuestra Vía Láctea o incluso pensemos en la humanidad cuando decidamos emprender el viaje directo hacia otras estrellas, ¿cuál sería la mejor forma de explorar la galaxia? 

Robots de robots

Una de las teorías de exploración galáctica más difundida propone a las sondas espaciales auto-replicantes como la mejor opción para realizar esta odisea. Se trata, como su nombre lo indica, de máquinas inteligentes con cerebros computacionales capaces de replicarse y construirse a ellas mismas con los recursos y materiales de los lugares a donde fueran llegando; serían una especie de parásito robótico con fines de exploración cósmica. Este tipo de naves reduce enormemente el desgaste económico y de energía del proyecto; toda la galaxia podría ser explorada por el mismo costo de una primera generación de sondas. Si una o algunas civilizaciones en la Vía Láctea hubieran usado este método, es muy probable que nuestro sistema solar haya sido visitado miles de veces ya.

Sin embargo, la cosa parece no ser tan sencilla. Por el momento desconocemos la efectividad y seguridad de estos robots auto-replicantes. Carl Sagan y William Newman a principios de los años 80′s, por ejemplo, apelaban en contra este tipo de máquinas ante los peligros de mutaciones y errores en sus complejos sistemas computacionales, haciendo reales algunos comportamientos no deseados en las sondas, incluyendo una actitud hostil hacia sus fabricantes y otros seres. El problema lo planteaban de manera similar al de un cáncer, donde las células dañadas se replican a sí mismas y terminan por destruir o por lo menos afectar todo un sistema. Sagan y Newman advierten además que cualquier conjunto de naves auto-replicantes consumiría tarde o temprano los recursos completos de la galaxia –un ecocidio galáctico, por así llamarlo–. Al ser detectado por otra civilización, un robot de este tipo sería (y debería) inmediatamente destruido ante los peligros que representa, de ahí que no hayamos detectado uno todavía.  Esta es, por ejemplo, una de las posibles soluciones a la paradoja de Fermi.

Por otro lado, las sondas auto-replicantes serían muy eficaces y rápidas en la exploración y se estima que en algunos pocos millones de años –algo relativamente corto en el desarrollo del sistema solar o en el surgimiento de la vida–, podrían poblar la galaxia entera. Una gran ventaja es que estos robots serían prácticamente inmunes a la muerte o destrucción de las sociedades y en teoría pueden continuar su misión sin depender de la civilización que las creo. Además, las siguientes colonias de una civilización (seres humanos en otro sistema estelar por ejemplo) debería producir maquinas auto-replicantes mucho más rápido, ya que contarían con un avance tecnológico adicional al de las colonias anteriores. En teoría, según los expertos, hay las herramientas computacionales adecuadas para limitar el actuar de estos robots e impedir cualquier error o mal funcionamiento; las probabilidades de una catástrofe serían muy bajas, aunque no cero. Según algunas estimaciones es probable que la humanidad pueda desarrollar este tipo de sondas dentro de los siguientes 500 años; de manera que, si no nos destruimos antes, podríamos ser el ejemplo de que es posible alcanzar un periodo tecnológico adecuado para la exploración galáctica.

Paso a paso 


¿Qué tan cerca estamos de esto realmente? Bueno, el ser humano ya emprendió el viaje: se han fabricado robots que fabrican máquinas (la industria automotriz es un ejemplo) y hemos construido naves no tripuladas que comienzan a salir del sistema solar y se dirigen hacia el espacio interestelar; es el caso de las naves Voyager 1 y 2. Estas sondas, por supuesto, aún son incapaces de auto-replicarse y sus tareas dependen totalmente de las ordenes enviadas desde Tierra –las computadoras que llevan consigo no son más complejas ni poderosas que un teléfono celular de hace diez años–. Sin embargo, parece que el camino de la exploración galáctica ha comenzado, tarde o temprano, de una forma u otra elevaremos anclas y desplegaremos las velas con rumbo a otras estrellas. El puerto de llegada será cada rincón de nuestra Vía Láctea. Por lo pronto -y de esto dependemos-, necesitamos ser capaces de sobrevivir a nosotros mismos; tenemos la obligación de conocer y entender mejor los riesgos y beneficios que trae consigo el conocimiento científico y tecnológico. Mientras la cultura de la ciencia no sea diseminada y cultivada por la gente, por los pueblos y las naciones cualquier decisión importante y de cualquier índole quedará en manos de unos pocos, incluso si esas ideas o propuestas nos parecen, por ahora, de ciencia ficción.

Tal vez, la pregunta de Fermi debería plantearse en términos de ciudadanos informados, críticos e interesados por los temas científicos: “si los hay, ¿dónde están?”.

Publicado en SinEmbargoMx