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La luna de Bonafonte


Este es un ejemplo de que las tareas, a veces, si sirven de algo. Un cuento, más un poema (prestado) para mi taller de Creación Literaria.

Es curioso que cada pueblo y cultura en el mundo han puesto en la Luna un ideal y una razón tan diferentes. Dicen algunos -desde la antigüedad-, que la Luna es como un espejo mal hecho y gastado que refleja la luz del Sol. Otros pensaban que es la Tierra quien la ilumina, pero más de algún incauto sostenía que el motivo principal por el cual reverbera, es la delgada capa de agua que cubre algunos de sus mares y es delimitada por las zonas altas y montañosas de colores amarillo, gris y plata. 

La realidad (está claro que es otra), llegó tarde para la gente de un pequeño pueblo español de la provincia de Murcia, eran los últimos meses de 1896. 

La idea dio de frente y a la cabeza de Rómulo Bonafonte, célebre entre los célebres y famoso en el pueblo de Albujón por su férreo intento de volar desde un peñasco, con su armatoste atado a la espalda y hecho de varas de arce negro y retazos de crespón. Dado que hay agua en la Luna, es muy probable que tenga habitantes, pensó. Bonafonte quería entablar conversaciones largas y fructíferas con los amables vecinos en nuestra nocturna acompañante. Esta vez, y sin riesgo de romperse nuevamente hueso alguno, el buen Rómulo estaba decidido a lograr comunicación. 

Bonafonte no era un loco -por supuesto-, “es un visionario que traerá fama y fortuna a este pueblo” decían el alcalde y los concejales del ayuntamiento. Para el resto de Albujón, las excéntricas ideas de Rómulo parecían brotar de una fuente interminable, pero también incontrolada, de sesudas hipótesis novedosas. Al fin y al cabo, sus esfuerzos por demostrar que el espíritu humano es más fuerte que los golpes, las heridas, los desgarros, las torceduras, las caídas, los pinchazos, las fracturas y los dientes rotos, algún día rendirían frutos. 

Como siempre, el único escéptico era Don Miguel Vivar, boticario y habitual galeno en los complicados menesteres del buen Rómulo. Según Don Miguel, hasta había encontrado una relación matemática entre el número de huesos rotos y el grado de insensatez en las ocurrencias de Bonafonte. Orgulloso de su hallazgo, tenía la correlación dibujada en una pizarra negra, junto a los frasco de azul de metileno y los ungüentos de sales sulfuradas para dolores de espalda. La tenía ahí porque -decía él-, cada vez que añadía un punto más a la figura descriptiva le bastaba estirar la mano para tomar el antiséptico, las gasas absorbentes y su famosa pomada al diez por ciento de sulfato ferroso. 

Rómulo Bonafonte estudió detenidamente el problema de hacer llegar palabras hasta la Luna. Obviamente no echaría mano de un de telégrafo, ni crearía el mayor altavoz conocido por la humanidad, ni llenaría un gran cilindro de bronce con varios kilos de clorato de potasio más carbón para prenderle fuego y lanzarlo en tiro parabólico según las normas de la cohetería y las leyes de la gravitación universal. No, su idea iba más allá, la transmisión tenía que ser instantánea, inconfundible e impecable. 

-El mensaje será en código Morse para evitar confusiones- advirtió, pero en lugar de señales eléctricas, Bonafonte utilizaría un enorme espejo cóncavo y una gigantesca hoguera para crear los puntos y rayas del comunicado. Hechos los cálculos respectivos y auxiliado por los más novedosos libros de la óptica, estimó que el diámetro del espejo debería ser de ochenta y dos pasos. Además, era necesario colocar una gran fogata en el foco del espejo, para así reflejar directamente la luz hacia los amables residentes lunares. Para esto, usaría una torre de 58 pasos de alto, algo así como dos veces a la punta del campanario de la Iglesia de San Simeón, patrón de los desequilibrados mentales y los titiriteros. Finalmente, ideó una gran sombrilla móvil para ir dando las pausas a los símbolos de la comunicación. 

A Rómulo le llevó ciento cuatro días construir el gran espejo y la torre. Él fue el arquitecto, pero todo el pueblo de Albujón ayudó en las diversas tareas: fundir el vidrio, tallar la superficie, bañarla con el nitrato de plata, armar los andamios y la torre, fabricar un gran caldero y llenarlo con sesenta kilos de algodón impregnado de queroseno, la gran sombrilla negra y un sinfín de detalles mayores.  

La fecha había llegado, todo estaba listo para emitir el primer mensaje directo a la Luna. El espejo fue apuntado, la hoguera encendida y la enorme pantalla oscura fue dejando escapar destellos largos y cortos, formando frases coherentes y claras en cristiano español. 

Justo a la mitad del mensaje, un viento fuerte empujó la sombrilla fuera de su eje y alcanzó el fuego en el caldero, la tela ardió inmediatamente mientras la torre, fuera de balance, se incendiaba de arriba para abajo. Los tirantes de madera no aguantaron más y la estructura entera cayó sobre el gran espejo circular. El bodegón de semillas también fue alcanzado, luego la iglesia y las casas aledañas. Aquella noche, Albujón todo se convirtió en el mismo infierno.  

Rómulo Bonafonte fue incapaz de hacer algo por ayudar a la gente. Dicen los que lo vieron que deambulaba sin rumbo, con la mirada perdida mientras recitaba una y otra vez, ¡dejadme llegar a la Luna, dejadme llegar a la Luna! Bonafonte fue encerrado en el hospital psiquiátrico de Cartagena, donde después de varios meses murió de cólera, producto del agua estancada y la suciedad que las inundaciones de aquellos años habían dejado. 

Casi un siglo después, al enterarse de la historia del buen Rómulo, un poeta de tierras lejanas escribió: 

La luna se puede tomar a cucharadas 
o como una cápsula cada dos horas. 
Es buena como hipnótico y sedante 
y también alivia 
a los que se han intoxicado de filosofía. 
Un pedazo de luna en el bolsillo 
es mejor amuleto que la pata de conejo: 
sirve para encontrar a quien se ama, 
para ser rico sin que lo sepa nadie 
y para alejar a los médicos y las clínicas. 

Pon una hoja tierna de la luna 
debajo de tu almohada 
y mirarás lo que quieras ver. 
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna 
para cuando te ahogues, 
y dale la llave de la luna 
a los presos y a los desencantados. 
Para los condenados a muerte 
y para los condenados a vida 
no hay mejor estimulante que la luna 
en dosis precisas y controladas. 

-Jaime Sabines.